domingo, 20 de noviembre de 2011

Claroscuro


Así quiero despertar siempre, soñando eso que me hacés soñar. Por lo bajo, escucho como respirás cerca y no se me ocurre otra cosa que besarte, que abrazarte, que quererte tanto hasta llorar, le dijo él al oído a ella.

No sabían nada acerca de cómo la cosa iba a andar. A él le costaba disimular su encanto por eso que pensó sería sólo una noche más, ella en cambio solía ahorrarse las palabras, simplemente porque la situación no la encontraba en alza. Pero no era culpa de él sino, más bien, de la coyuntura en la que ella se movía. Se dejaba arrastrar por un viento distante de largas carreteras, sabiendo que lo seguro estaba al alcance de la mano. Ella, de todas formas, deseaba que él le proponga algo más que la cama de noche. Trataba de que él le diera seguridad al andar, que no fuese un delirio ficticio de un loco que se remolca por otras sábanas, quisiera invertir un tiempo en cine, en viajes, en noches de desvelo, era así como ella pensaba pero no lo repetía. Él vagaba un poco más cuando se sentaba a escribir, su hoja era su cómoda y eterna confesora, ella hacía las veces de musa, otras de psicóloga, otras de amante, otras de nada.

El desayuno era complicado. Ella no tomaba café, ni té, ni un mate. Quizás (él todavía no lo sabía) le gustaba un jugo de frutas con alguna medialuna de relleno y otros mimos de mañana que acojan las manos de su prohibido amor.

La tristeza jugaba malas pasadas al solitario macho. En su cabeza arremolinaban los pensamientos más hostiles, en su casa, cuando ella lo dejaba dulce y melancólico. Y todo eso pasaba mientras ella se iba en refugio de otros brazos que no eran los de él, y que ella ya no los quería tanto (suponía él).

Pero él no se iba a dejar vencer así nomás. Pensaba en un perro, en un cepillo de dientes, en un chocolate, en algo que a ella le saque siempre una sonrisa, rogaba por complicarle la situación, que ella se la juegue, que empiece a querer a Jim Morrison más que a las velas ardientes de un amor platónico, que sea real la cosa, que esas caricias se conviertan en algo cotidiano y no dejar que el azar surta de su lado para poder verla. El quería la primicia. El y ella.

Hasta el momento ellos habían sido los únicos testigos de ese amor, ellos y algunos libros de Kerouac, discos de Spinetta y afiches de Perón. Una noche fue más allá y le regaló un poema de Pizarnik. Ella lloró esa noche y se entregó a todo, esa noche él, mientras jugaban al sexo, le dijo que la amaba; ella se sonrío y le dijo que eso que había dicho lo dejaba en ese contexto. Él le murmuró que tome eso como ella quisiera, y allí se lo guardó.

Ya el 12 estaba llegando a Riobamba y Santa fe, y yo me tenía que bajar. Me levanté del asiento y le avisé al chofer que esa era mi parada. Antes de bajar él me gritó: - Otra cosa más, su actor favorito es Ben Stiller.

Cuando bajé me sonreí, deseando que a ese pibe que me contó su historia de amor mientras viajábamos en el bondi le vaya bien, porque nunca, hasta ese momento, había notado en una persona algo tan real que parecía un cuento hecho por la mejor pluma que jamás haya existido.

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