lunes 14 de diciembre de 2009

La Vie En Rose

En estos días tristes me desvelo tiernamente, he optado por mi felicidad resignando así mi instinto generoso y caritativo. Asimismo me entrego directamente a otras caricias de pudor sombrío y tentador. He probado miles de cosas antes que todo esto pero nada me ha convencido de lo siguiente, me gusta el silencio que pronuncia tu boca. Es cierto que no has sido muy expresiva pero, tus ojos vidriosos me están pidiendo un gesto de amor urgente, y es verdad que a mi también me urge darte ese mohín de sencillez que me reconcilia con ese ser dulce que tanto proclamas.
Casi por casualidad nos cruzamos entre panes y copas suaves, entre alcoholes y placeres redondeamos una actuación casi perfecta. De todas formas, fallé, y me avergüenzo de mi mismo y de todas esas fisuras malignas que me comen por dentro. Quisiera acomodar un poco las ideas en mi cabeza para acelerar los procesos de mi corazón que me hostiga cada vez que pienso en verte, en tocarte, en un montón de etc. más. Ese es el perfume más hermoso que conocí aunque no sea un experto en el tema, a veces ese desvelo que tengo es provocado por el aroma de aquella fragancia. Pero estos días siguen siendo tristes, me siento un infeliz, incapaz de ceder en algo, y por momentos profeso el egoísmo a tal altura que sobrepasa la densidad del cielo.
Otra de las verdades supremas que abundan en mi son las escamas de la soledad a la que le temo más que a la muerte, recuerdo a nuestra querida Edith por favor, esa mujer o la tal Alejandrita con sus versos y prosas elegantes en sueños y la pobre se mató por temor a la soledad. LA REALIDAD A VECES LASTIMA, AVECES NOS ALEGRA, OTRA VECES ES LA REALIDAD Y NADA MÁS, EL CIELO CAMBIA PERO SIGUE SIENDO CIELO, NOSOTROS MISMOS CAMBIAMOS PERO SEGUIMOS SIENDO NOSOTROS. HOY SIENTO que mi aliento rejuvenece y mi falta de oxigeno ya no existe, mi piel; aunque blanca al fin, se torna más morena y llena de vida, mis lágrimas no son de dolor. No me arrepiento de nada, de nada, de nada. Eso es trabajo para mi conciencia, debería ya saberlo yo o corregirlo más tarde, he vuelto a reconocer el olor en los duraznos. Igualmente, hay cierto veneno que recorre mi cuerpo y que me es imposible liberar, es desde aquel día en la bella ruta junto a tu pulcro rostro y tu púber juventud de ángel, propio de las musas que me persiguen desde las olas de un mar profundo, y así eres tú darling, tan generosa y emotiva, como cruel y peligrosa por demás. Siento recorrer las superficies de placer tan agitada como incómodamente, sigo esa luz y vuelvo otra vez a la carga. Ojalá Zeus me convierta en cisne para vivir otra vida distinta junto a ti. Y lo que sigue está por verse, como se ven las páginas de un libro que todavía no se escribió pero está en la mente del autor. Quisiera estar dentro de un cine, quizás sueño ser como TOM Baxter, o mejor ser él mismo. Pero esto no termina y me asusta pensar que no terminará, por que no puedo seguir así, tan lleno de contradicciones hasta la asfixia.
La adrenalina abundante de no conocer cómo diablos terminará esto. No sé si quiero que termine, si me pregunto todas las noches esto es porque siento una vergüenza terrible de no poder darte más que lo que te ofrezco. Pero es así, acostumbro a no pecar de solemne mientras tú también te encuentras desierta, con tus mejillas redondas en amor y tu mente reclamando un acercamiento al corazón; vivimos en un tiempo borroso, somos exiliados dentro de una burbuja en el tiempo.
Si hay un segundo que dejé de pensar en vos fue cuando pensaba en dejar de pensarte, es extraña esta reacción porque ni siquiera conozco cuál es la tuya, es la de ayer, la de hoy o será la de mañana? De reacciones vivimos también y creamos un ambiente, cualquiera sea la pizca que dejemos, pero aquí también surge la idea de un existencialismo en donde los dioses no existen, simplemente están para inspirarme a escribir o a hacer alguna novedad de novela de amor que surge desde algunos versos profundos. Ni siquiera un viaje en avión o en barco permite alargar la distancia, pero qué es lo que quiero. Envejece conmigo linda, envejece después pero conmigo, ahora enbelecemosnos hasta el hartazgo, miles de pájaros nos miran para aplaudir, miles de estrellas se sirven a tu amor, glorioso pestañar de los soles, o si el poeta se planteara crear una especie de gravedad entre nosotros, tan leve, tan triste; me siento como un cáncer atroz, pero mi cura eterna se ve reflejada en tus ojos negros.
Somos ahora los dueños de la luz, maravillosamente alegre se siente el aura, la envidia de la luna nos refleja como sentires de lluvia densa, una especie de magia chasquea nuestras manos y las rodea de brillo, porque así somos, así seremos, nuestros mensajes sobre copos de nieves, mi densidad llega al punto tal de perderte por momentos, mi sudor se convierte en gotero despiadado sin manchar mi ropa pero a la vista de todo aquel que se note sensible al estar. Hoy gozamos de una susceptibilidad admirable por momentos preocupante, pero mira adelante, no ves el camino que queda por recorrer, en resistir estaba pensando por favor. La vida es una sola sin duda.
Me dejo llevar otra vez por mis ingratos deseos de buscarte y entonces te persigo demasiado, es que no puedo controlar mis impulsos y caigo nuevamente en la desesperación absurda, esa desesperación que muele a llanto todos los momentos felices de nuestra época de gloria. Sin embargo, veo algo en ti que me confunde y me sumerge en un remolino de arena que empapa mi cara, y no está demás decir algunas palabras de vez en cuando, si tan solo pudiera arrancarte todo lo que llevas adentro, también a mi me serviría de emoción para saciar mi sed psicológica y momentánea. Es que, me quiero dejar llevar por mi sentido irracional pero vuelvo a caer en lo mismo y provoco en ti esa sensación de dejadez adultera y ruin que me trastorna un poco más al cruzarte. Y no me quieras convencer de que esto no es real, si te estoy acariciando y en mí crece una sensación de alegría que no termina cuando dejamos de vernos sino que perdura hasta volver a encontrarte.
La vida arrasa con todo lo que queremos y no nos devuelve ni siquiera el viento de nuestros seres que no están, no sirven los recuerdos, ni buenos ni malos, no sirven porque las cosas ya no están y si no se hacen se pierden pero por lo menos se intenta, y si podemos quebrar el destino y las estructuras formadas, mejor, y si no podemos por lo menos lo intentamos. Se que aquí el imbécil es uno y no todos, pero me niego a barajar de nuevo con el mismo mazo, de nada me sirve encontrar rastros de un pasado que no se palpa más, nunca más aún teniéndolo tan cerca. Noticias tuyas tengo pocas y no se cuanto tiempo pasa para que no te escriba mis llantos de sangre acumulada de tanta bronca conmigo mismo, no me animo a decírtelo es que no ves el amor a tus pies, es que no existe lucha al fin para estos casos, ¿donde ha quedado el poeta revolucionario que me vio nacer cuando nos cruzamos?, ni los bravos napoleones sin batalla me han podido parar en aquel momento insigne.
Ahora lo que sigue es otra cosa, tu corazón perdido hace que me arrime más a mi segura fortuna, a mi futuro perfecto en un tiempo pretérito sin condicionales, he jugado el verbo carne y el sustantivo es el amor, con adjetivos que tu misma has puesto para conjugarme la oración, y así va bien la cosa y ahora podemos entendernos, de esta forma el humo entra en foco y vamos arrimando los botes, oigo cantar a la serpiente dormida que hay dentro mío y me dejo llevar por el mar calmo que alguna vez planeamos visitar.
Te pido que no me juzgues si mis pasos siguen mi necesidad y es verdad que puede ser que al girar mi cabeza ya no te encuentre pero no puedo con mi genio, esas son mis debilidades hermosas, y es que en tu dolor me reniego y me escondo como el niño que fui alguna vez. Mi tenue locura me avergüenza mientras tanto reclamo derechos que no me corresponden y me atrevo a pedirte más y más. Si no me escondo en tu piel mis huesos se van a debilitar es que no tengo refugio, comprender la situación ya no es más que una rutina para mí, es un deber que me queda pendiente siempre.
Mi pluma se desvela más que yo y es poco probable que nos amemos un poco más que lo que suelen avisarnos los locos del más allá, donde está mi soledad despiadada, rasguñando todo lo que camina me encuentro desahuciado, y esto no puede acabar, no puedo más con mi yo, tu sonrisa junto a mi almohada me hace muecas de dulzura, no la voy a dejar escapar.
De pronto, Juan dejó de escribir. En ese momento algo lo alejó de su máquina de escribir y lo acercó a la cruel realidad, se imaginó un futuro mejor en otro lado de la acera, donde no había lugar para los valientes, se imaginó por un momento no ser tan débil, pero aún así lo era, lo era y él lo sabía, y se rió un poco como sabiendo que eso no podía pasar, que la rutina y lo cotidiano le sentaban mejor, y que el destino de esa carta sería allí, solo dentro de su papel y nada más. Se sintió más infeliz que nunca.
En otro lugar, Ninfa se imaginaba cómo sería la vida sin Juan, porque en aquel momento lo sintió muy lejos, aunque vivían a pocas cuadras lo vio marcharse entre la niebla, supo que la vida no era de color rosa sino más bien en tono gris oscuro, y así fue que ella decidió irse lejos, quizás a Europa, no lo sé, tampoco Juan lo supo hasta que volvió.
De vuelta en casa se cruzaron otra vez, Ninfa estaba linda como siempre, Juan seguía siendo el mismo loco que no acomodaba sus ideas revolutas del amor. Las hormonas volvieron a encontrarse y se miraron. Se miraron como nunca antes se habían mirado, se abrazaron y se besaron toda la noche, allí cerca de la casa de Pao donde se habían conocido, y se fueron muy lejos, lejos donde habían ido hace tiempo y se estrecharon en caricias y sudores amorosos, allí concretaron e hicieron el amor hasta que el sol develó la adrenalina del escape fugaz. Entonces fue ahí que se sintieron felices por siempre pero no se vieron nunca más, realmente nunca, nunca más…..

jueves 26 de noviembre de 2009

No me persigas hasta mañana


La satisfacción de mi rostro no es del todo verdadera. Ya me he cansado tanto de simular que lo sigo haciendo, atento a cualquier similitud con la realidad mastico bronca de tanto ceder. Lo que antes era una gracia, ahora es trágico; pasó a tener un color gris opaco nebuloso. No me puedo bancar las situaciones que me vuelven sumamente pudoroso. Emprendí entonces un viaje por el infinito. ¿Qué es el infinito? No lo sé. Por eso intento descubrirlo de alguna manera. Una vez Tango me dijo que me iba a comunicar con el hombre de cristal allí. Un desvío de mi locura me hizo ver que podía ser real, que quizás el hombre de cristal fuese la mujer de mi vida, o un amigo que extiende sus brazos para atajar mi tristeza de vez en cuando, o la mejor música que jamás haya oído.

Pero simulé viajar sin maquillaje esta vez. Supe que el trayecto no iba a ser fácil, cuántas rocas podría haber en el camino, cuántas imágenes se iban a trenzar desmejorando mi calidad intuitiva, cuántos paisajes más iba a desconocer. Son tantas las preguntas que no me sirve mi apunte callejero.

Armé el bolso con un par de cosas interesantes: algunos discos, otros libros, unos cuantos atados de cigarros, alguna botella y otros artefactos. El boleto lo había sacado hace un tiempito, no sé cuanto me salió. Recuerdo el día. Fui hasta la terminal de ómnibus, allí me acerqué hasta la ventanilla donde vendían los pasajes. No había nadie. Traté de meter mi cabeza como espiando dentro de la casucha donde rentan los tickets y deslicé un leve silbido. En el medio del soplo alguien asomaba. Me preguntó: ¿Qué desea? Un pasaje directo al infinito, contesté.

Creo (no me acuerdo, ya lo dije) que me costó unos cien mangos. La fecha de salida era para la semana próxima.

Es cierto, no hay motivo por el que emprendo el viaje. Tal vez lo desconocido sea muy excitante para mi. Ya me ha cansado la rutina de amar tanto a tantas. La soledad, a veces, es mi más útil compañera. Suena todo muy trillado pero es mi verdad, así de simple, aunque Nietzsche se haya preguntado alguna vez si la verdad simple no era una mentira duplicada; tal vez sea cierto, tal vez por eso me vaya hacia el infinito. No puedo soportar el misterio que envuelve tus penas, por eso quiero descubrir lo no conocido en este éxodo. Es eso lo que me excita, tratar de descubrir lo que no existe. Es un mambo importante pero voy a empezar por atar algunos cabos. Así es que frases como: Te amo hasta el infinito o tal vez te ame en el infinito; hayan sido detonadores para este emprendimiento. Entonces, me fui. Después te contaré lo que hay aquí.

martes 20 de octubre de 2009

Fausto Landeira, testigo de riña

El niño de rasgos aindiados (que quizás fuese su hijo) no le dijo del todo la verdad a Recabarren, el patrón andaba débil de su costado derecho, casi fulminado, por esos tiempos. Puede ser que el chico (y este es un razonamiento personal) se haya vengado con una mentira venial por algún que otro golpe de chirlo que le aplicó en alguna regaña el que quizás fuese su padre. La realidad indicaba que en la pulpería de Recabarren se situaba un moreno, de gran estatura y de rencoroso porte, que aceleraba su mano derecha rasgueando su guitarra, como quien acaricia el pecho de una mujer; y no se encontraba solo en el recinto. Cuando Recabarren le preguntó al niño, con un gesto moribundo, si había alguien en el lugar, éste negó con un ademán, pero como el negro, que era habitué del lugar no contaba, solo restaba indicarle con una seña que del otro lado de la barra me profesaba yo con gran soltura. No tomaba más que una caña envenenada de alcohol y trataba de distraer la vista para no hacerme proclamar acelerado por la realidad.
Cuando el infante entreabrió la puerta de la habitación de Recabarren, pude observar que aquel yacía en su cama, tratando de acelerar su costado izquierdo que le daba cierto poder, pero no hacía más que dejar vociferar su extraña desdicha. La guitarra del negro seguía sonando como viento de noche, me llamaba la atención filosamente que el negro no levantara la vista de su instrumento en ningún momento. En ese instante, se me dio la extraña semblanza de pensar que estaría esperando algo, quizás algo que no fuese sorpresivo, tal vez esperaba que el horizonte le devuelva la bravura de hace un tiempo atrás. Mi duda se disipó unos minutos más tarde cuando arribó, casi sin hacerse notar, un forastero de inmensa llanura, cuerpo de trabajador y barba rebelde. El negro no atinó a levantar su mirada. Yo, en contrario, me confesé chismoso. Lo interrogué con la mirada. El forastero me miró y me saludó acariciando su sombrero de terciopelo. Detrás de aquella barba se escondía un rostro resignado y aventurero, su mirada era de mar azul como conociendo ya su destino inmediato. Portaba un aire de haber sufrido el ñudo, que lo volvía pendenciero. En un pasado (creo yo) debe haber sido un paisano decente. Por un segundo me apiadé de su camaleónica apariencia. El forastero se sentó cerca del moreno, pidió lo mismo que yo estaba tomando, allí me recorrió una sensación helada por mi cuerpo, como de malestar momentáneo. El negro seguía rasgueando algunos acordes.
Se alejaron un poco de mí, comenzaron a tener un diálogo que no llegué a descifrar. Unos momentos más tarde salieron los dos tras la llanura, el sol caía y la luz de la claridad se apagaba de a poco. En ese instante, me percaté de que la puerta de la habitación del patrón de la pulpería había quedado abierta. Lo observé pero él tenía su mirada puesta en el afuera, donde se situaban el forastero y el negro. Cuando me di vuelta sobre mis espaldas, observé como el negro se abalanzaba sobre el forastero que se desplomaba sin más. Me acerqué hacia la puerta, el negro limpiaba su facón manchado por la sangre. Tanto Recabarren como yo, vimos el fin.
El negro traspasó la puerta, entrando con singular ironía. Nos miramos. Se acercó a su guitarra y dijo:
- Mi hermano se ha vestido de facón, ya le di rienda suelta a su muerte.

lunes 19 de octubre de 2009

El intruso


Dejaste entrever una mirada cómplice cuando te dije que me iba. Si desde antes lo sabías porqué me lo ocultaste todo este tiempo.

En el entierro de tía Marta no nos dimos cuenta de la tristeza que nos causó semejante pérdida, quizás éramos tan pequeños que no supimos entender lo que significaba el dolor. Vimos llorar a papá mientras sepultaban el cuerpo de su hermana, observamos a mamá consolándolo desde una ternura inalcanzable, pero nosotros no estábamos compungidos por la muerte sino que nos parecía sumamente extraño ver a papá (aquel hombre de filosos rasgos, duros y fuertes) tan susceptible, tan débil en aquel momento.

En la casa velatoria se nos había acercado Juan, nuestro primo que hacía años no veíamos, creo que lo vimos dos veces, no lo sé. Juan era el hijo de tía Marta, poseía una extraña forma de moverse, rara vez tenía los ojos bien abiertos y llevaba un rosario que le cercaba el cuello, esa noche, mientras velaban a su madre mi hermana se percató de que sus ojos eran azules, realmente azules; como la mar, como el cielo en una tarde furiosa de sol, como tantas otras cosas.

El tío Mario había muerto hace un tiempo y no conocíamos más que unas fotos de él cuando estuvo en alguna guerra de paso por un buque suelto en armas. Decían, nuestros padres, que Juan era muy parecido al tío Mario. Un hombre de extraña elegancia, sin muchas palabras para decir.

Cuando Juan se detuvo frente a nosotros, dejó soltar alguna lágrima pero su boca se retorcía para no emitir sonido alguno, creo que por un instante se me cruzó la idea de abrazarlo pero mi hermana me agarró del hombro y me hizo una seña con la cabeza, lo cual me dio a entender que no debía abrazarlo. Luego entendí que no podía soportar la idea de que envolviera a mi primo y la dejara un par de metros atrás a ella.

Clara no era de las personas que demostraban mucho sus sentimientos, ella lo fijaba todo desde alguna seña o algún gesto que acostumbraba a soltar cuando desbordaba de entusiasmo. Aquellos días se volvieron muy extraños por entonces.

Una vez que tía Marta estuvo unos metros bien debajo de la tierra nosotros pudimos volver a casa que estaba más silenciosa que de costumbre. A mi hermana no le gustó la idea de que Juan viniera a vivir con nosotros. Para ella, él era el intruso; aún más que yo. Recuerdo, frágilmente pero recuerdo, que mamá y papá lo trataron a nuestro primo como un hijo más, eso hizo soltar mucho más la bravura de Clara que se lastimaba las manos para llamar la atención de nuestros antecesores. Yo traté desde el principio que Juan se adaptara a nuestros gustos, a nuestros momentos, pero no lograba enredarlo, cada vez que le sugería algo, él me señalaba la puerta de la habitación de Clara y me hacía un ademán con la cabeza negando toda iniciativa. Cuando llegaba el momento de la cena, nos sentábamos lentamente cada uno en su lugar, Juan había elegido sentarse frente a Clara. Ella, al momento de cenar, arreglaba su cabellera larga cuidadosamente; se hacía una extensa cola como de potrillo, su pelo quedaba tan tirante como la situación. Me acuerdo que a Juan le temblaban las manos cuando intentaba sostener los cubiertos mientras papá le acomodaba la servilleta alrededor de su cuello. Mamá disimulaba su tristeza poniendo una sonrisa falsa en su rostro, papá había vuelto a sus gestos duros y Clara resurgía su mirada perversa tras esa belleza de ninfa que la caracterizaba. Ella vestida de negro, yo de gris y la escena continuaba más oscura sobre la casa.

Me costaba mucho conciliar el sueño por esos tiempos, a Juan también. Él dormía en el mismo cuarto que yo, nos quedábamos horas sentados sobre nuestras camas observándonos. A veces, Juan me hacía callar tapándome la boca, otras se sonreía finamente cuando yo le redactaba alguna que otra poesía de Cervantes. Una situación sospechosa esa de reírse de Cervantes.

Nunca pude imaginarme la situación de reemplazar a mi hermana por otra persona, yo sé que ella en el fondo de su alma era una persona que amaba, que amada tan locamente que podría haber sido un personaje de Shakespeare, pero muchas veces no pude comprenderla, muchas otras no quise. Creo, frágilmente, que mamá y papá la sobreprotegían, que eso se les volvió en contra. Clara estaba sumamente celosa de Juan, no solo de él sino de mí, de mis padres, de la vida. Sus ojos bellos engendraban una gran ceguera en su corazón y sus ideas irresolutas le imposibilitaron disfrutar de su madurez intelectual que por momentos la perturbaba.

Una tarde de lluvia, cuando terminaba de leer unas líneas de Poe vi entrar por la ventana un cuervo de ojos acantilados. Traía las garras ensangrentadas y el pico rojo de locura. Traté de mover la cabeza rápidamente para persuadir la imagen que no parecía real, pero ella no sucumbía. Giré más velozmente hacia atrás y el cuervo seguía allí. Luego de unos minutos de haberme clavado su mirada, se esfumó. Tras él apareció la figura de Clara. Era la primera vez que la veía vestida de blanco, su cabello parecía más negro que de costumbre, su mirada más punzante de lo común. Pensé que quería decirme algo pero no. Me estremeció con sus ojos dorados y por un instante me petrifiqué. Traía consigo la cruz que llevaba Juan en el cuello.

jueves 15 de octubre de 2009

Love is real

Suelto un suspiro helado. Sé que en algún rincón de mi casa encontraré donde respirar. Tantos momentos de zozobra me han asfixiado demasiado. Cualquiera que venga a reconocerme sabrá que camino tomar de vuelta, allí veremos algo que nos gustará. Te esperó el viento mientras hablaba conmigo pero se cansó antes que yo. Luego el sol. Y sin embargo, llegaste. Tarde pero llegaste. Y me volvió el alma al cuerpo. De vereda en vereda hablamos con ternura, después vimos cierto grado de pasión en algún atardecer y advertimos un bosque en el medio. Copamos charlas de Borges, nos reímos con mis travesuras, con música veloz y con libros hirientes sentimos un amor diferente. En una tarde de martes tomamos varios termos de mate dulce, pensamos acerca del existencialismo, yo te decía que para mí Camus era un escritor excelente, y vos me levantabas las cejas asintiendo casi un poquito más de la cuenta. Te invité a pasar a mi casa y aceptaste. Un poco más tarde te emborrachaste y me maté de risa, vos te avergonzaste en el momento pero después disparaste dientes a lo loco. De nuevo vuelve el pensamiento sobre la muerte, sobre porqué vivimos y para qué. Arrimamos los bochos y nos mimamos incesantemente, miramos el sexo desde adentro y enroscamos las sábanas de locura. Pero la ciudad está de furia en tiempos como este, nosotros somos producto del aire narcótico del ambiente, sacamos nuestros cuchillos alados y cortamos un instante.
Allá va levitando Adán Buenosayres, lo ves. Y nuestros cuerpos se confundieron en uno, quedamos enroscados como espirales auténticos, de los barrios que recorrimos dejamos varias cartas.
Pero no es sencillo vivir, hay que patear la calle, la vida, las formas, mirarse a uno mismo, dominarse en movimientos, transpirar la frente y foguearse en la acción. Por todo eso es complicado respirar. Más allá de los pulmones lo que nos mueve es la acción. Los karmas existen, están y convivimos, agarramos el camino con las piedras que están por ahí, las vemos y las esquivamos o no. Los milagros existen cuando los generamos nosotros.
El otro día me acordé de un sueño guitarrero, de acordes delirantes y vientos de copla, donde estábamos de la mano y me solté para tocar un acorde, lo lindo fue que me volviste a tomar la mano y la guitarra sonaba sola. Un poco loco pero lindo.
Entonces lo rutinario empieza, con amor, pero se vuelve tirante. Nos intentamos entender de a ratos, pero es casi imposible. Resulta que no es bueno mimetizarse en el otro sino más bien encontrarnos en algunos puntos para caminar de la mano, y además amarnos. Dulce y serenamente.
Hablando el otro día con Di, que por cierto tiene las palabras más hermosas en su andar, me di cuenta que el arte es todo. El arte de amar, de escuchar, de leer, de escribir, el arte en todos lados. Nos confundimos un tanto porque pensamos unas oraciones diferentes pero nos llevamos de maravilla. De todas formas, no me quedo pensando mucho las cosas, pero esa conversación me hizo levitar en mente. Así que gracias Di.
Me enrosqué cual caracol y salí a la calle. Grité y viniste corriendo, de los árboles cayeron mandarinas grandes y tu voz se escuchó entre la bravura de la gente. Sin más te quedaste en mi y no te fuiste más.
Ahora desde el cielo todo se ve mejor, en ave me convertí, en Asterión me figuré y en Zeus me vi.

jueves 8 de octubre de 2009

La desdicha de Gorgona


Simplemente me la han quitado. Como quien le quita un dulce a un niño. Sola, de mar en mar, vago con los ojos cerrados para no estremecer de dureza los huesos de los seres que habitan en mi andar. Quisiera verlos otra vez, jugando por el bosque, arremangando sus frutos dulces, relacionándose con el viento pero no puedo. Me aqueja una gran tristeza, los mares lloran piedras cuando me acerco y mi cabello ya no es el mismo de antes. Estaría toda la eternidad enumerando cosas a mi favor antes de que Atenea se confunda y hiera mi sentir, solo eso pido, no necesito esta cárcel húmeda que día a día me ahoga y me sofoca aún más. Redimirme ante Zeus sería extraño, los cadáveres yacen ya sin moverse con el agua, los peces me miran y mueren, ya no reconozco el olor de aquellos duraznos, de cenas largas, de amores intensos. He mutilado todo tipo de esperanza, no pude derrotar al destino de guijarro que me han puesto delante. Los dientes me molestan al hablar y no sé como despertar el encanto de los buitres.
Por momentos, siento que las serpientes que llevo sobre mi cabeza tienen curiosidad por el desvelo, matar o morir, da igual. Siento un poco el mareo constante, la búsqueda del amor ha sido en vano. Creo que la mirada de los otros me avergüenza, el sueño es mi mejor aliado, mis hermanas no piensan en ello, no le temen al vivir así.
Ahora intento abrir los ojos, me enceguece el resplandor, mi cuerpo está alejado, mi cabeza servida.
- Ya que no tomas mi amistad en valor, entonces te dejaré un regalo, le dijo Perseo a Atlas.
Allí levantó la cabeza de Medusa y lo convirtió en piedra. Cada parte de su cuerpo en llanura. Ahí Perseo se aseguró su reinado.

martes 6 de octubre de 2009

Desvelo

Dejaré sincronizado el reloj. El sueño aparece siempre de madrugada, se asoma por el aire y viene hacia nosotros. Golpea fuerte sobre los párpados y juega a despertar por momentos. Ese tedioso viaje que sentimos al dormir no suele parecerse al mayor de los placeres, más que nada cuando una pesadilla asecha por la conciencia, que no está apta para apartarlas de la mente del ser que descansa sin saber que lo está haciendo. A veces, y de manera sutil, emerge desde lo más profundo un pasar de novela que nos desvela dentro del mismo sueño. Otras veces pueden ser aburridos, como contar ovejas o dibujarnos un pizarrón donde escribimos algún garabato posible; la soledad es requerida a la hora de dormir dentro de un sueño subterráneo, cerramos muy fuerte los ojos cuando vamos camino al viaje del mal, tratamos de esquivar algún que otro pozo ciego que se nos cruza de repente, nos transportamos a una dimensión que ni siquiera es desconocida, porqué en realidad sabemos que existe pero no la vivimos, no la sentimos fiel al despertar, entonces nos deja un vago recuerdo que se esfuma rápidamente.

La noche es la compañera de los sueños porque sí, discutimos firmemente dentro de los sueños porque nadie nos puede arrebatar eso que pasa por nuestra cabeza, levitamos si podemos pero no podemos hacer lo que quisiéramos, de lo contrario no sería sueño sino pensamiento raro por lo menos. Pero a mi me asechan de mala gana los sueños, me convierten en alguien que no deseo porque no me puedo sostener, entonces intento luchar y trato de abrir mis ojos que se juntan a la noche y al sueño y no me dejan despertarme, sabiendo así que me desvelaré y saldré triunfal ante lo diurno del día que viene con armas afiladas para el combate emergente. Mil veces he vencido la moral de los sueños y he tratado de salir a gusto de cada enfrentamiento con el dormir, pero otras veces una jaqueca inmensa me envolvía y me derrotaba.

Por otro lado, siento que la luna puede acompañarme y arrimarme algunos versos para que mi desvelo no se convierta en algo tedioso, y ahí sí, tendré que ceder ante la noche y ante el sueño que miran de reojo esperando que baje la guardia. Se me moja el corazón de tanto esquivar la mirada del sueño, porque estas repeticiones no sirven en la mesa diaria sino que se mezclan en remolinos frecuentes de alguna tonta prosa que suelo escribir de a ratos.

No creo que al final del día salga victorioso de la lucha, otra vez el sueño y la noche me envuelven, no sé muy bien con lo que me encontraré, mañana habrá otra batalla, seguro que para contar otra vez lo mismo.