domingo, 18 de julio de 2010

Oda blanca




No asustás tanto como antes. Es como verlo dentro de mi memoria, cuando recorro aquellos pasillos me encuentro disperso un poco y lucho aún más contra mis recuerdos. Dar vueltas sobre mí me ha hecho recurrir a los problemas que salen cuando, sin sentido, pienso en las circunstancias que nos llevaron a estar lejos. Ya, desde el vamos, profanábamos diferentes ideologías, no es casualidad que a mi no me joda la ropa tirada en el piso del living. En contraria posición quedábamos en la cama cuando deliberábamos acerca de lo que es la libertad. Así, todo a la ligera. Si el progreso para vos era solo un boliche bailable y para mi era una forma de vida, cómo no me di cuenta que íbamos por caminos diferentes, que las veredas no se iban a cruzar, aunque tantas veces me haya estirado para alcanzar tus manos o tu boca o tus comisuras o tus olvidos.

Ahora, las imágenes se me esfuman, la energía suma desde otro lado, van sumergiéndose las cartas que me escribías en aquella chimenea que se regodea de fuego. Desde luego, que ahora estoy con bronca, pero no es resentimiento, porque en este momento las cosas van saliendo como las predije en aquel tiempo, he curtido la siembra de la locura por muchos instantes, cuando ya no sabía si el espejo me podía dar alguna respuesta por el tiempo que perdí. Analicemos juntos. Todavía me queda por entender por qué tuve que darte tantas explicaciones acerca del disco Taki Ongoy de Víctor. Después me saltó la ficha de que los Huacas te importaban una mierda, de que la historia sólo la habías escrito vos, y que yo te aburría aclarándote el informe un poco. Y no me voy del tema musical. Nunca me perdonaste que te haga conocer Eiti-Leda. Te creíste Peperina por mucho tiempo pero resulta que no le llegabas ni a los talones, ni siquiera tomándote las infusiones. Pero siempre te encontré pálida, cuando mi nariz se resfriaba, vos te enojabas y no dabas ninguna señal.

Pero ahora, no te necesito como antes, ni un gramo. He refugiado mi alma en cosas más importantes que enrolar mi cabeza en tu porquería, porque ya no dependo de vos. Ya no te llamo, no te reclamo, no estoy pidiendo por vos. Las tardes que me has hecho feliz quedan en el olvido, y es un triste historial el que te rodea. Todo a tu paso era destruido, con cuántos cuerpos arrasaste, con cuántas cosas te quedaste.

martes, 1 de junio de 2010

Brinca de una vez, perro.




Hace un tiempo, mientras miraba el juego de viernes por televisión, recibí en mi residencia una carta un tanto misteriosa. La información que ella poseía era lo que a mí me había desvelado desde que los hechos acontecieron. Pasaron cuatro años desde aquella fatídica noche en la que se cometió el primer crimen y dos años desde que se ejecutó el segundo. Ambos se relacionaban y, como se especulaba, fueron cometidos por la misma persona. La prensa, en ese entonces, encontró un título para los dos casos: “El misterio de la rosa dorada”. Decidieron llamarla así ya que en ambos casos los cadáveres se encontraban bajo una rosa amarilla que disimulaba un eterno brillo. Luego de abrir casi toda mi correspondencia, la pude distinguir entre recibos de impuestos y otras facturas de servicios que tediosamente pagaba todos los meses. La esquela que revelaría todos mis temores y que sentenciaría mi destino ahora se encontraba delante de mí. Estaba seguro que en ella estaría mi boleto a la fama, mi reputación subiría en gran escala y mi rango de detective iba a rechinar cual facones en plena lucha de bandoleros. En el pecho del sobre se podía leer una breve oración: .Para Mr.Thompson, mi severa confesión. Arduamente, traté de buscar algún elemento cortante que me permitiera romper con las cadenas de ese sobre maldito y me llevara directamente al contenido de la postal, aquel que me transportaría, probablemente, a la cima del éxito. De todas maneras, no es una historia del todo feliz (al menos para las víctimas). Antes de detallar el contenido del sobre, desearía contarles a ustedes los hechos que desencadenan en esta bendita carta. Robert Pitt fue asesinado el dos de junio del año dos mil tres. Su cuerpo fue hallado a orillas del río M. sus ojos todavía estaban abiertos mirando al cielo. Encima de su cadáver reposaba una rosa amarilla. Su físico no presentaba huellas de ningún tipo, tampoco se registraron marcas en su cuerpo, de modo tal que se descartaba (al principio) un crimen. Lo único extraño fue que en su espalda descansaba una leve picadura, como un lunar apagado, pero muy pequeño, realmente insignificante. Luego de la autopsia, se llegó a la conclusión de que Pitt había sido envenenado y se abrieron las conjeturas hacia un presunto asesinato, aunque también se decía que pudo haberse quitado la vida en un intento de escapar de este mundo sumamente cruel. Poco se sabía en el pueblo acerca del muerto. Se rumoreaba que era hombre de negocios por sus constantes viajes, pero la verdad es que no hacía mucho que residía en Harold. Harold era una pequeña ciudad que se situaba a unos kilómetros de Londres, la gran capital inglesa. Su población rondaba por los veinte mil habitantes. En aquel momento, la policía intentó interrogar a todos los residentes de la localidad. Ninguno parecía estar ligado al crimen. Allí, en Harold, los días suelen ser muy fríos y las noches, tenebrosas. Al ver que su trabajo no ejercía resultado alguno y que las respuestas no aparecían, los federales decidieron recurrir a mis servicios. Después de algunos meses de transcurrido el hecho, me incorporé al caso (en realidad me adueñé del caso al observar que los policías no le daban mucha importancia). Investigando en los archivos de la alcaldía no pude encontrar registro alguno del muerto. Todo aquello debido al tiempo corto que llevaba el señor Pitt en el pueblo y la burocracia allí demora mucho más tiempo que otras cosas. Las autoridades se justificaban aludiendo que no habían tenido el tiempo suficiente para registrarlo de manera tal que se pueda obtener una vasta información. Removí cielo y tierra pero me fue imposible encontrar algún dato más allá del que poseía. No había pista posible que me lleve al asesino. En ese instante, yo me profesaba (debo admitirlo) sumamente confuso. La única conclusión que saqué fue la siguiente: el asesino sabía que Pitt no estaba registrado de forma completa en la ciudad y sería una víctima perfecta. Pero, ahora ¿por qué querrían matarlo? Solo por placer, no lo creo, pensé. Habían pasado dos años desde el asesinato de Pitt, y yo no había llegado a ninguna meta en el caso; cuando otro acontecimiento sacudió al pueblo. En mis narices asesinaban a una mujer en su casa, cerca de las cuatro de la mañana de un jueves veintiocho de junio del dos mil cinco. Otro cuerpo que yacía bajo la rosa amarilla, el caso era similar al de Pitt, salvo que esta vez, la señora poseía la marca insignificante que tenía Pitt en la espalda, sobre su pecho. Murió envenenada también. Otra vez, volvía a repetirse la historia. Aquella víctima tampoco figuraba en los archivos del municipio, por lo que, comencé a sospechar de las autoridades de la ciudad. Más tarde, gracias a unos documentos que encontré en la vivienda de la mujer, pude averiguar su identidad: Mary Jane Jones, treinta años, soltera, de nacionalidad inglesa. Dos casos extraños y muy pocas pistas. Otro punto misterioso es que ningún habitante de la ciudad poseía jardines con ese tipo de flores. Allí, el clima era muy hostil como para la siembra de plantas. Para conseguir aquellas rosas se debía, por lo menos, hacer un viaje de cincuenta kilómetros y adquirirlas en otra metrópoli. Los crímenes no habían sido esclarecidos y yo me sumergí en una terrible depresión, mientras ahogaba mis penas de bar en bar y consumía sexo rentado. Quisiera aclarar un dato importante que hubiese sido fundamental detectar a tiempo (en ese momento la información no me fue suministrada no sé por qué cuestión). Después del crimen de Mary Jane, dí con el dato de que la noche anterior al asesinato, la mujer había radicado la denuncia de que recibía amenazas anónimas. En ellas se anunciaba algo como ahora te toca a ti (según pude detectar después). Lo más relevante del asunto es que las cartas amenazantes solían estar acompañadas de un perfume extraño, poco común si se quiere. Al día siguiente el destino de la mujer ya era parte de su presente. Nunca pude sacarme de la cabeza aquellos casos sin resolver pero en ese minuto la carta estaba sobre mi mesa. Una mezcla de sensaciones corrían fuertemente por mi cuerpo. Alegría porque al fin iba a develar la identidad del asesino y tristeza por no haber podido resolverlos en su momento. Después de meditarlo por unos segundos, decidí abrir el sobre con un certero tijeretazo. La carta poseía un aroma primaveral, estaba acariciada por unas bellas letras que, deduje, por mi excelente percepción caligráfica, pertenecían a una dama. “Estimado Mr. Thompson: Me he enterado, gracias a la extensa cobertura de los diarios, que es usted quien me ha estado buscando durante todos estos años. Espero que comprenda que esto no es nada en contra suya ni de ningún habitante del bello Harold. Este acto es simplemente un hecho para la salvación de mi alma. Mi vida ha sido un calvario desde que he cometido los crímenes, mi conciencia me carcome día tras día, por eso es que hoy deslizo estas líneas sobre el papel virgen. Si usted alguna vez estuvo enamorado de manera alocada sabrá comprender la angustia y el malestar que se siente al verse traicionado, desde aquel día en que…., discúlpeme pero ni siquiera puedo escribir que fue lo que me llevó a tan drástica determinación. Sé que no era la manera de solucionar las cosas dándole muerte a los traidores pero fui trasladada por impulsos y emociones extremadamente violentas. Tomaré coraje y trataré de ser lo más explicita posible en el relato de los hechos. Una noche, cuando regresé del trabajo, encontré a mi marido en mi cama con otra mujer. Los vi allí pero no entré a la habitación. En aquel instante, me fui por unas horas a caminar sola para regresar más tarde, en el horario que debía llegar (aquel día salí más temprano de lo habitual del trabajo). Después de reflexionar mucho, resolví que no le diría nada a él y seguiría con mi vida como si nada hubiese ocurrido. Lo único que me importaba era que mi matrimonio no se rompa. Así transcurrieron varios días. Me desgarraba por dentro cada vez que él llegaba en la madrugada tarde porque se quedaba con ella y yo lo sabía. De cualquier forma, él seguía a mi lado. En unos de esos falsos días de convivencia, mi marido me dijo que se iba de casa; que se marchaba. Que desde siempre supo que yo sabía todo y ya era hora de hacer las valijas e irse con la mujer que él amaba. Sentí que mi corazón explotaba y una hemorragia me contaminaba interiormente. No pude vociferar ninguna palabra cuando se fue. Durante semanas los estuve siguiendo a todos los lugares que ellos frecuentaban. Ellos no podían verme. Yo me había convertido en su sombra. En uno de los tantos paseos, descubrí que él le compraba flores amarillas que le traía de sus viajes a Londres. Él solía viajar una vez al mes por negocios a la Capital y allí conseguía las flores. Nosotros estuvimos viviendo de ciudad en ciudad, hasta que nos radicamos en Liverpool donde vivo actualmente. Ellos se fueron para Harold. Me irrité mucho también porque a mí nunca me regaló flores, ni siquiera para nuestro aniversario. No soporté más la situación de verlos tan felices. Un día, entonces, observé que salió solo de su casa. Lo seguí en mi auto. Lo miré como bajaba del auto a orillas del río M. y esperé una o, tal vez, dos horas. Bajé del coche con una flor amarilla que yo misma había envenenado en su punta. Sin más lo sorprendí por la espalda. Se la clavé allí mismo. Lo único que le dije fue que lo seguía amando como el primer día. Sabía que iba a ser difícil encontrarme, ya que en la ciudad se tardan años en registrar datos de los recientes ciudadanos. Dos años más tarde, culminé mi venganza aniquilando a Mary Jane, de la misma forma que lo maté a él pero mirándola a la cara. Nadie pudo averiguar nada de mí, me he librado de todos, solo faltaba mi alma y mi conciencia. He aquí la liberación de mi alma con esta severa confesión. Esta es la verdad. Vivo en la calle 42. Puerta D. Liverpool City. Estoy en sus manos. Rose Pitt.
Me dirigí hacia la chimenea de mi casa y arrojé la carta al fuego. Levanté la botella de whisky y volqué un poco dentro del vaso con hielo. Encendí mi pipa y decidí, entonces, seguir mirando la televisión. La soledad es mi única compañera desde que mi mujer se fue con otro hombre.

lunes, 3 de mayo de 2010

Ojos de papel (Final Chapter)



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Fuimos a un bar cercano. Pedí dos cafés. Sus ojos grises verdosos me recordaban a alguien, su tes blanca también, y la mirada triste me guiaba más aún hacia algún conocido. Me sorprendió la similitud con que los dos le pusimos azúcar al café.


-hace muchos años, me dijo, era el hombre más feliz de la tierra. Tenía un buen trabajo, un lindo departamento, mi juventud acrecentaba día a día, mi pasión por los libros se agrandaba cada vez más, y solía ser un gran fanático de la música. Recuerdo que me apasionaba comprarme discos de todas las bandas que me gustaban, hasta los imitaba cuando solía quedarme solo. Llevaba una vida tranquila, con excesos de poco tipo, pero despejada. Me cagaba de risa de todo.


- se lo nota un poco solo en este momento


-sí, es verdad. Todo eso ya es pasado. Me deje morir en vida, me sometí al peor de los entierros. Lo dejé todo cuando la mujer que amé mucho me dejó cuando menos lo esperaba, y me dejé morir. Y ahora soy esto, la muerte.


- me pasa algo parecido


-yo creo que lo mismo.


- ¿Y usted que sabe?, lo increpé


- sé todo de tu vida, de tus sueños, de tus amores, de tus dolores, de tus pensamientos, de tus maldades, de tus bondades, de todo lo que te pasa, sé todo.


Como puede ser, pensé, si este viejo de mierda no me conoce.


- ¿no me reconocés? Me dijo


- No


- Mirate bien


En ese momento el viejo desapareció. Se fue así nomás. Como la muerte misma.


Un choque brutal se produjo entre dos coches en la esquina del bar, justo cuando terminaba mi café. Salí a la calle y vi el desastre. Vi los cuerpos que se empezaban a quemar. Vi como se apagaban la vida de esas personas, creo que eran los dos conductores y en seguida apague el cigarro sobre el cenicero en mi cama, estaba ahí en mi casa, de donde nunca me había ido. Me escapé hacia fuera y corrí muchos metros.


Pase por todos lados, abrace a mis padres, a mis amigos, a todos a la distancia.


Seguí, me asusté y volví a entrar en mi casa, agarré una bolsa negra y escondí el arma que iba a gatillar hace unos momentos atrás, me di por aludido a la vida, me la jugué al destino. Me arrodillé y le pedí a mis difuntos que me perdonen pero que iba a aguantar un poco más, que la verdad pasa por otro lado, que hay muchas cosas en el mundo que me falta descubrir, que ahora amo la vida, que puedo volver a enamorar a otras huéspedes, que no todo se va cuando alguien se va, cuando te dejan sino que uno en la adversidad se hace fuerte y le escapa a la soledad maldita. Así volví a nacer, otra vez me veo saliendo de la placenta de mi mamá, otra vez corto el cordón, barajo las cartas y doy de nuevo. Estoy feliz porque respiro, porque camino, porque simplemente amo, entendés ahora todo lo que te conté.


Los caracoles vienen hacia nosotros sin huir de sus casas, no es increíble ese pasito almidonado, acá nosotros dos en las arenas de la costa tratando de buscarle explicación a la vida. Ahora estamos juntos los dos, escribiendo sobre la sílice, viendo la naturaleza, veo dentro tuyo tu esencia y todo lo que sos. Algunas partes se te han perdido en el camino, chocan en el aire las partículas de un inminente deseo entre ambos pero hay algo que nos impide luchar en esta relación , ya sabemos de caminos difíciles, pero hemos tratado de caminarlos juntos, y en tu mirada se escapa algo de timidez y vergüenza, de todas formas te animaste a balancearte a mi favor y dejaste tu pasado atrás como yo dejé el mío, aunque preferí contártelo y no callar más, así uno va aprendiendo de la vida, y asume que hay que vivirla y ser más que la tristeza que nos puede invadir en algunos momentos. No estoy seguro si esto va a durar pero me la juego otra vez, y si pierdo no va ser como aquella vez sino más bien relajado porque uno se va conociendo y trata de no caer en los mismos errores, pero a veces el corazón es medio pavo, lo llaman el bobo ¿ o no?


-


- acercá tu mano hacia la mía


- primero besame


- sabés que te quiero


- yo también





Pusimos nuestras manos juntas, nos acostamos para mirar una película vieja de un director francés, nos miramos cómplices sabiendo que cada uno había vivido bastante en nuestras cortas vidas, pero las risas que dejamos salir nos decían que eso fue por algo, que nuestras relaciones anteriores fueron lindas, pero fueron, ahora somos nosotros dos y alguien más quién asomará por el ombligo de mi mujer dentro de algunos meses. La vida es asombrosa, es corta pero a la vez se hacen tantas cosas que a uno lo dejan pensando. El otro día se me apareció Borges en un sueño vestido de gala, me extendió su mano y me regaló un libro de mi autoría. Se llamaba La vie en rose, y ahí nomás me cague de la risa. Todo es por algo, sirven las buenas y las malas.





Así mis memorias pueden quedar concluidas por el instante, dejo la lapicera y el borrador en la tranquila arena del suelo donde me había arrojado hace unos días para terminar de escribir parte de mi vida que todavía está incompleta pero plena. Tanto camino recorrido por tantos lugares que se me hace imposible recordar todo, por el momento queda de esta manera, quizás más adelante continúe, ahora estoy viejo, mis nietos juegan alrededor con la misma pelota de hace algunos años, mi mujer cocina para mis hijos que hoy vinieron a cenar, yo sigo recordando un poco el pasado pero con una leve sonrisa cómplice que se me escapa de mi rostro, un sol brilloso cubre un nuevo amanecer, las fronteras se acercan a saludarme y se vuelven gloriosas al abrazarme, vuelven a mi los recuerdos, la Maga, Lu, aquel viejo del café, Malala….

lunes, 26 de abril de 2010

Ojos de papel (Chapter Three)



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Nadie muere por amor sino que nos morimos porque ese amor nunca llegó, la taza de suicidios es muy grande, el que fallece por ese sentir distante se mata pegándose un tiro en el núcleo del cuerpo, allí la bala penetra por el pecho y termina de destruir el músculo que bombea lentamente, que ya estaba herido porque las secuelas no cerraban, es como una especie de eutanasia a los sentimientos, el que no soporta el dolor de vivir con las heridas en el alma opta por hacer explotar lo que mantiene viva las esferas del romántico. No hay mecanismos de defensa para semejante ataque, aunque suministrando algunas dosis de cariño momentáneo se puede sanar transitoriamente, pero tarde o temprano muere.


- ¿te imaginás casándote conmigo?


- ¿Ahora?


- No, más adelante


- Pensemos en el presente


- Ya sé, pero para jugar un poco


- No tengo ganas de jugar


El otro día me encontré con un antiguo libro en la biblioteca de un amigo. ¿Será cierto que se vuelve insoportable la levedad del ser? Puedes ser que sí. Me gustaría poder analizar las situaciones con más frialdad. Tendré que encontrar cierto equilibrio entre la cabeza y el corazón. Las cosas suceden así.


Apoyando los codos sobre la baranda del puente en el parque viejo, en Mercedes, me veo con vos en la otra punta, cuando vinimos por primera vez, entre mates amargos, como a vos te gustaban, yo dejaba que mis ojos se cerraran para imaginarme que de tu boca salían palabras armoniosas, que me decías cuanto me amabas. Recuerdo que te gustaba mi manera de hablar rápido y sin pausa, y yo era feliz porque te morías de la risa y te delatabas ante mí, recuerdo que la pasabas bien por aquella época, que me hiciste salir en bicicleta después de mucho tiempo. Que volvíamos a mi casa y yo era el que cocinaba, y que vos lavabas mientras yo te miraba y te besaba y vos cerrabas los ojos y me hacías un ademán de felicidad también, hasta ese momento parecía todo muy bien, súper abrigados de amor y todo muy dulce. Y después te cansabas, te cansabas de estar cansada y agotada, de no tener tiempo para pensar y ahí la ligué yo, que venía desde lejos, asomando un poquito cada vez más. Me hacés acordar a la Maga. En ese momento te puse el nombre de Ninfa, que te encantó pero yo me gusté más en ese tiempo porque había llegado a gustarte. Ahora no me acuerdo a qué vine al parque ni por qué. En las primeras noches nos escondíamos del mundo, escuchábamos no sé cuantas veces un tema porque me gustaba la letra y te la dedicaba como si yo fuese el autor del mismo, a la vez que discutíamos si esto era real o no, y cuando te fuiste a Europa te imaginé como la misma Maga, nos mandábamos mensajes ocultos muy lindos y suaves, en tiempos en que era posible soñar un poquito. Nos dimos miles de vueltas en auto para pasar el rato como dos alocados que se reían del afuera y dibujábamos cosas en el aire con los dedos.


Mi cerebro se estremece pensando en cómo salir de este amanecer pesimista, pero no quiero cavilar, es siempre lo mismo, no estoy dispuesto a eso, solo quiero sentir porque así se vive y esto es corto, nunca vamos a disfrutar lo que nos toca. Y ahora el momento, aquí en mi casa, escribiendo o haciendo el amor, da igual, mientras que a mí se me cae el pelo, a ti ni se te mueve, entonces se vuelve todo cada vez más tirano, y eso no lo puedo llevar en andas. Tus amistades se me revuelven en lo más íntimo y sin más me separás de tu lado con tu delicada actitud, no puedo reprocharte nada porque mi voz se apacigua ante tu maldita mirada. Esta historia se tiene que escribir de a dos sino faltaría una parte y le restaría verosimilitud a los hechos.


Casi con asombro vuelvo a leer mis cuentos, es como si las acciones se volvieran a repetir entre uno y otro, y no es por falta de imaginación sino porque no vivo lo suficiente, no acelero las cosas al mango para remover la tierra, todo se vuelve tieso, denso y oscuro. Fallaste otra vez, loco. Las revoluciones se hacen moviéndose, lanzándose hacia lo desconocido, con alguna estrategia en la mano pero sobre todo con una carga de romanticismo en el andar, que los salvajes divaguen por tu mundo, que los locos se cuerden, que juntemos nuestros cuerpos, nuestros aromas explotados al máximo choquen y se confundan dentro de un mar galáctico, que nos bebamos todo el licor del mundo. Haceme lírico ante tu gente y descubrime un poco más.


Malala llama a la puerta, quizás el tiempo me dé la razón. Tomando un té me siento a divulgar un poco más entre mis sueños, no sé si atender a Malala o dejar que se vaya; ella comprendería mi situación pero no estoy para largarme en llanto. Malala se fue y a mí me vienen las ganas de hablar con alguien. Me voy al baño a ceder en reflexión. Mañana me tengo que levantar muy temprano y me aqueja un dolor terrible de cabeza. Creo que nuestra historia terminó hace rato.


Pongo un poco de música en el aire mientras dejo que la ciudad se calme y se acueste bajo la luna de una noche más oscura de lo común. A través de un vidrio empañado por la niebla dejo que mis ojos espíen, un poco por curiosidad y otro poco porque sí, las vidas de las personas que viven frente a mi edificio. Tímidamente emito un soplido para calentar la ventana, dejo la mirada clavada en los ladrillos de la tormentosa casa que está en la esquina, detengo mis ojos allí para poder pensar en otra cosa. Pienso en Lu, no sé si ella sabe lo que siento, por momentos el dolor parece un poco menos intenso pero nunca deja de estar allí, muy dentro de mí, a esta altura mi mente habla: imborrables tardes felices me encuentran ahora, se me vienen tus dichos al oído, tu sonrisa, tus calorías, todos tus. Me apoyo sobre la cama, me armo un cigarro, lo fumo. Sigo frente a la ventana y me veo, cierro los ojos y me observo en un bosque oscuro. Camino lento, volteo la cabeza porque tengo la sensación de que alguien me persigue, puedo escuchar su respiración muy cerca, demasiado cerca. Salgo del boscaje, todo se vuelve un paraíso. A lo lejos puedo identificar la figura de un hombre que le da de comer a unas palomas, cerca hay un banco de plaza y voy a acurrucarme en aquel lugar, más cerca del hombre. De repente se da vuelta y me mira, le hago un ademán con dulzura para que se acerque y se siente junto a mí, en el mismo banco. Nos miramos y nos dimos cuenta que nos conocíamos de algún lugar. Saqué de mi bolsillo un paquete de cigarrillos Gitanes y le convidé. Aceptó gustoso.


-¿cómo se llama?, le pregunté.


-hace rato que olvidé mi nombre.


Debo reconocer que eso fue la primera duda que me generó ese viejo.


-lo invito a tomar un café


-bueno., me dijo

martes, 20 de abril de 2010

Ojos de papel ( Chapter Two)



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Parecía una carta de despedida, alguien que optó por vender su alma al cielo, esto hizo que mi cabeza comience a enrularse un poco, formas fantasmagóricas me comenzaron a acechar y me fijé algún rostro en mi imaginación.


Ahora los peces de colores extraños juegan frente a mí, simulan que se divierten en un país de maravillas ocultas; dentro de su mundo parecen que se aman, sin embargo, dejan observar una leve tristeza en sus ojitos amarillos pequeños.


Otro sueño hermoso aquel donde caminábamos por la calle tomándonos de las manitos y maquinándonos un poco mientras leíamos alguna tragedia amorosa. Fijate en los ojos de aquel niño. No parecen grises sino más bien de color cielo opaco, como sugiriendo alguna travesura. ¿Y si nos volviésemos pequeños otra vez? Que preciso sería decirte cuanto te quiero, aquí nosotros jugamos a ser distintos a todos, a todos los demás que nos miran con envidia.


- ¿te gustaría ser perro?


- No sé, ¿a vos?


- Si supiese que no sufren por amor, seguramente que sí


- Ah, creo que a mi no.


No siempre se puede finalizar un diálogo de la manera que uno quisiera, quizás esos son trechos crueles en la relación de una pareja. Nos anhelamos uno al otro pero no nos queremos con igual similitud. Cómo dejar de ser amable, de ser uno mismo para poder ser más racional con el andar amoroso, me parece casi imposible realizar tan ardua tarea: pero es eso lo que tú me pides, creo que sería muy difícil hacer que me ames. Salimos a bicicletear millones de veces, por miles de lugares, hasta los más recónditos y en ninguno de ellos me has dicho si me quieres pero mi amor es tan predecible que no te sirve ni un gramo, me gusta levitar y sentirme en otro espacio; otro planeta, flotar en tu orgasmo hasta cansarme en sudor y al fin sujetarnos del placer.


- ¿me abrazas un poco?


- Sí, por qué no


- Pero si lo sentís sino no


- No te pongas insistente


- No es que insista pero quiero que me quieras.


- No puedo obligarme a quererte, me sale así, ¿no lo ves acaso?


- OK.


Los revés de la vida suelen ser muy amargos, así uno se vuelve terco, paranoico y deja que la razón supere a los sentimientos; y es aquí donde fallamos. Nos dejamos superar por el género, nos volvemos indiferentes, nos sentimos inferiores, nos revelamos incoherentes y todo se va a la mierda. Cómo se hace para construir un mundo amoroso sin que existan las heridas más salvajes. No hay una medicina estable para cicatrizar al corazón viejo y cansado de un escritor de prosas cotidianas. El otro día me dejé abrazar por el sol cuando me puse a pensar en la existencia del hombre. ¿Existe un Dios que se apiade de todas las almas en soledad?, si fuese así la tristeza sería en vano. Te invitaría al cine de la vida pero te la pasarías preguntando acerca de todo y la verdad es que no tengo las respuestas a todas tus inquietudes. No me motiva tu interés por dejarme tranquilo. No ves que no estoy celoso, es solamente un destello de amor, si te pregunto es para demostrarte cuanto te quiero, aunque tuviésemos los ojos del mismo color veríamos las cosas diferentes, como las observamos hasta ahora.


- estás muy linda hoy


- gracias


- muy linda


- muchas gracias.


Salgo a caminar solitario porque el afuera me acaba de llamar con un grito de diluvio. Mojado entre los trigos me pongo a pensar que sería de nosotros si Perón hubiera vivido 120 años o si Cortázar y el Che hubiesen escrito un cuento de amor juntos para alguna mujer desconocida, hoy Lu me amaría y yo estuviese mucho más suelto en actitudes que en palabras. Sigo empapado por las gotas pequeñas que caen desde un cielo horrible pero muy romántico. Voy levantándome, el clima se ha puesto algo tenebroso y me puse un poco incómodo. Deseaba escribirte algo pero la densidad del temporal envenenó mi pluma y no quiero hacerlo con bronca. Pasa el tiempo, pasan las llamadas, pasan las carcajadas, las bocanadas de humo; y sigue el amor distante. No hay fruto de esta siembra, vieja armonía de una música repetida, se vuelven a mí los momentos más hermosos, las conjuras de un pecho inflado por la traición y el engaño, pero dónde te puedo encontrar, dónde puedo enseñarte a creer en el amor, en desventajas y defectos de una vida conyugal que nunca llegará. Tus latidos se escuchan fuertes, se oyen más que tu voz consumida por una gran gripe de mezquindad. No me dejes ahorrar en pedidos, no comiences a psicopatear al corazón, dejalo jugar, que se vuelva vulnerable por la experiencia.

domingo, 18 de abril de 2010

Ojos de papel ( Chapter One)


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La esperanza de una felicidad eterna en otro mundo lleva consigo un placer y un dolor constante. Es una antagonía peculiar pero es así. Los seres humanos son extraños, somos extraños. No sé en qué momento me puse a pensar en aquellos versos de Alejandra, en su vida, en sus sueños, en el correr de la poeta alocada en rimas y prosas; tal vez me sienta un poco solo por el momento. Me pongo a mirar los alrededores del edificio y lo encuentro vacío en demasía, sin querer me reflejo en la mirada de aquellos que no están, me vuelvo sumamente paranoico por la situación y comienzo por perder el cabello de forma abundante y repentina. Quisiera poder encontrarte cuando salgo a caminar por las calles de la Capital, toda la gente indiferente no registra el dolor pesado que llevo dentro de mi pecho, a veces paro unos minutos en alguna esquina para ver como se desangran mis pulmones, un gran charco de sangre azul me rodea lentamente pero nadie suplica por mi ayuda. Los inmuebles toman formas extrañas, me siento en un cordón y a la mente me vienen recuerdos imborrables de un pasado no muy distante. Detenerme en aquellas situaciones me pone demasiado mal, me vuelvo rencoroso como un cuchillo gauchesco en plena guerra mesopotámica, los libros dentro de mi bolso parecen expresar aún más este agujero interior, revolviendo en lo más oscuro de mi alma. De repente, mi figura se torna un poco más filosa, me doy cuenta que mi mirada se convierte en un mar rojizo de bronca, siento convulsiones y me desmayo en un parque seco de árboles.

Cacheteando un poco al destino vuelvo a recobrar la torpeza aunque no dejo de perder mi desvelo y mi insomnio cada vez es más pesado. Mi cabeza es pura anarquía simulando creer que está todo para el carajo cuando en realidad ni siquiera pensé en matarme (¿o sí?), todo el mundo se queja de la modernidad, algunos retrógrados vuelven a pensar en un mundo de piedras, dicen que el amor no existe, que murió desolado en algún rincón de Venecia, que son todas patrañas las líneas de los que escribieron poesías, que Romeo y Julieta era una banda de rock y no se que más sarta de estupideces. Pero yo no veo la vida de ese modo, quiero rescatar todo lo que acontece en ella y me vuelvo extrañamente vulnerable a todos los momentos. Golpeando un poco la suerte siento como las cosas empiezan a funcionar bien, la belleza de Lu me convierte en un caballero de honor, me siento cómodo para invocar a la lluvia de manera despojada, pero se me caen las lágrimas de la sudadera de los ojos y me convierto en cisne mientras de atrás alguien me mira el culo pajarero, me revelo ante el sistema, ante las personas, me junto con amigos, me visto y me desvisto al mismo tiempo, nada me conforma, el humo del cigarro se va metiendo en mis entrañas hasta devolverme el abrigo de una tos convulsa, todo se corre hacia un costado para poder abrir paso a este demente escritor que no hace otra cosa que pensar en los problemas que trae el estar enamorado.



- ¿no me das un mate?

- Si

- ¿Un biscocho?

- Bueno

- ¿me amás?

- No sé, ¿vos a mí?

- Si, mucho

- Ah

- ……

- Tomá el mate que se enfría

- Bueno





Qué pasa con el viento que hoy corre para el otro lado, eso hace la lluvia, envolviendo todos los sentimientos de las personas que sufren por algo, así el tiempo se vuelve muy esquizofrénico, nada de eso corresponde al calentamiento global sino que la atmósfera capta todo lo que pensamos y lo convierte en un remolino un poco pesado, pero no te asustes por que por momentos se olvida de todo y el sol vuelve a brillar. Te quiero pedir que esta noche nos hagamos aire, que nos movamos de acuerdo a la dirección en que sopla ese andar furioso del ventilete loco, que las cosas sigan siendo cosas pero que nosotros nos disfracemos de altares luminosos y dejemos correr la sangre por nuestras venas solo si quisiéramos estar los dos solitarios, como pájaros estúpidos que chocan en su vuelo emergente, como si estuviéramos escapando de no se qué. Volvete en tu mirada y decime todo lo que pensás y lo que no. Mirame con ganas, que no haya mirar sin ver, una plegaria más a todas las que te he dicho pero no te me vuelvas en contra.

Caminando otra vez, un papel en el piso quiso que yo lo levante y lo saque de su amarga soledad ambigua, el texto estaba un tanto gastado pero recitaba algo así:



El azul del cielo parece extraño en este vasto invierno. En esta época se me planta la extraña semblanza de quedarme horas y horas solo en mi cuarto. No digo del todo la verdad, la realidad es que me siento acompañado, me encantaría enumerar aquellas formas que me acompañan: mis libros, mis discos, mis fotos, mis cuentos, mis inquietudes y mis verdades. Ahora veo las cosas desde otro lugar. Antes abusaba de las sobremesas extensas, de los parientes que recordaban sus encuentros con falsos pregones, allí los padres son madres y las madres, padres y los padres son sacerdotes, casi, diría yo un lugar platónico. Es ideal como cliché pero no para mí.











Algo muy raro pasa, como si la fotosíntesis no fuera eso y fuese otra berreada. El sistema es así, resentido a sus ideales, plegado de paludismos y llantos, de pobreza y humanos tras el consumo, la rebeldía pasa por no estudiar y no es así todo, no.

Recuerdo cuando me gustaba salir a pasear con mi perro para llamar la atención de las chicas del barrio: Lisa, Belén, Cielo…. Que puta que era Cielo, pero a mi nunca me dio pelota, una loca de mer.

Miro hacia el horizonte y se me viene a la mente la imagen de Nicodemo: aquel viejo ciego que me regalaba monedas para los caramelos y yo las gastaba en no sé que porquería. Murió muy solo el pobre. Bah, tenía un par de gatos y libros rotos.

Vuelvo a mirar el room, están conmigo Poe, Borges, Miguel, John, Federico, Gustavo…… y respiro tiernamente. Hay veces que se me planta no dormir, el soplo inconstante de mi pecho me hace saber que me tengo que tratar. Vivir, morir, nacer otra vez. Lamento muchas cosas, otras no. Los animales, pobres, ni saben por qué los matamos, que los comemos y los vomitamos sin ningún estribo, y todo para morir.

Seguramente no estarán todos de acuerdo con lo que pienso pero es más fácil así, no quiero recordar a las personas ahora, porque no quiero que me lloren después sino que crezcan amigos, leales y fieles. El pasado no existe; esto ya es pasado, ya fue.

Y ahora me toca irme, no sé si los volveré a ver, ya llego, unos pasos más y llego. Donde iré no lo sé, no me miren más. Quince pisos más abajo y todo terminará.

martes, 30 de marzo de 2010

Cascabeles



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Yo no me creo las mentiras de los cuentos. He dedicado toda mi adolescencia a escribir cuentos. He dedicado toda mi vida a mentir. A mentirme. Ahora tomo más y más. Fumo mucho, cualquier relleno es bueno para mi papel, cualquier vaga me desvela más que otra cosa, yacen mis memorias dentro de los cajones pero aún temo un poco a la muerte. Esa que cada vez que asoma tiene un olor raro, como de infierno, como de bar dormido. Esas travesuras que de chico me hacían quedar bien con los pibes de barrio hoy ya no son nada. Nada. No me gusta el látex. No lo uso. Meditar en una burbuja ha sido mi tarea desde hace unos días.


Que carajo te importa lo que me pasa?


De verás que me importa.


No te voy a decir, no molestes soplona.


Escucho en la radio decir tantas pavadas acerca de la realidad, en la tele y hasta en mi laburo. Fuck you. Qué les sucede canallas. No comprenden de qué lado está Abadón. Acaso se hacen los tontos o son hijos de puta. Y no me estoy refiriendo al paso del tiempo sino, más bien, a la vida misma. Al amor, a coger, a querer. No soporto estar más con esta gente de mierda. Que somos drogones, que no se cuantas cosas más. Entonces me pierdo otra vez en mi nube. Aquella de humos de arrabales, de poetas urgentes, de mis veintitantos años, de mi amada urgente. Y suelto la pluma en el aire y en la pared se escribe PIEDAD. Un descanso, un dulce al corazón, al alma, a mis gustos y a los tuyos. Si vuelvo la cabeza hacia atrás veo las botellas vacías, veo los cuadros de Spinetta, veo los frascos de pastelas consumidos en una mezcla, veo todo cegado, todo sin modelar, todo un desbole. Cuando supe que todo era esperar decidí pisar fuerte el acelerador de mi vientre, apretujarme en el sofá blanco y murmurar algunas canciones. Sé bucear en silencio, eso no me preocupa demasiado. Pero me enfermo de celos, me da bronca tu honestidad brutal y tus chiquilinadas de pasajera. Me sirvo otro farol de algún escoses rudo. Etiqueta negra, más bien. Shhhh. Escucho voces. Me dicen algo. No sé que puede ser. Una especie de código.


Te compré algo. Es una sorpresa.


La distancia es de cinco años apenas. Me voy al bar. Me quedo parlando acerca del progreso. Deberíamos encarar las cosas de tal modo. Suelto una tos ronca, de esas de tardes de café, medio whisky y puchos a la ligera. Eso estaría lindo. Irme a cualquier lugar. Una vez pasé por el infinito pero me aburrí, además vos no estabas, basura.


El efecto doopler me deja sostenido por un rato. Levito más que de costumbre. Me rasgo la vestidura por una sequita de porro. De flor cosechada por manos alegres.


Bukowski ayudame un poquito. Con esa cara de pillo. Las chilinas que te habrás volteado, a mí me habían contado que alguna vez supiste amar.


A partir de ahora la ceguera es amarilla, como la de Jorge Luis. Recobro el sentido por un rato, solo por un rato. Salgo a la calle a patear bolsas, traspaso plazas por doquier, la vieja de la esquina me ofrece algo. Creo que rasgó una puteada al azar que cayó directamente sobre mí. Anda a cagar vieja de mierda. No me sale otra cosa ahora.


Tomo valentía y me cruzo a la playa. Está vacía. Solo el mar, el cielo y yo. Pensé en la poeta pero no me animé. Tomé unos caracoles del piso y me los puse en mi bolsillo. En el izquierdo, porque allí se depositan las cosas que uno más le gustan, los anhelos van del lado zurdo. Son las cuatro de la mañana. Saqué mi petaca de años y me enrosqué en un trago. Sople un poco del pico porque tenía arena. Me acordé de que vos hubieses venido conmigo si yo no fuese tan romántico. Me levantó de la arena seca y comienzo a caminar. Camino mucho. A lo lejos suenan cascabeles. Sos vos. Voy para allá.


De repente, me desperté. Levanté la cabeza, miré la pared. Sobre mi almohada estabas vos. Abriste los ojos y me miraste. Te reíste. Tu carcajada me sonó como siempre, a cascabeles.

lunes, 8 de marzo de 2010

La melosía de un fastidioso




Otra noche que me vuelve a fastidiar. La puta cabeza no me deja de girar, mientras miro una foto de Lucía en silencio. Todavía huele a sexo de viernes en el ambiente, mis discos enrolados en cualquier forma me desespera, no recuerdo lo que hice ayer a la noche. Parece que estuve durmiendo un tiempo largo, toda la pilcha está en el suelo, el teléfono descolgado, la heladera abierta. Ayer me fumé un millón de puchos, hoy ya me esperan miles de bocanadas más. Puta, si de verás que te extraño un montón. Pido que se me agranden los cojones para decirte todo en la cara. Que me revientan una bocha de cosas que hacés y que no hacés. ¿Dónde carajos dejé la guitarra? A lo lejos suena algo, es un tema de Calamaro del año 85, cuando hacía buenos discos realmente, todavía estaba muy abuelístico. Me sangran las manos, el baño está todo mojado. Estoy solo en mi casa. Basta ver mi cara de dormido para saber en la situación en la que me encuentro. Salgo, sofocado por el aire, de mi departamento buscando no se qué. Al llegar a la esquina me encuentro con Héctor. Héctor es un loco que vive en el hospital y se escapa de a ratos a tomar un poco de sol a la plaza de la esquina. A veces, cuando ando suelto de tiempo me quedo charlando con él. Al loco se le da por vestirse con un camisón a colores de mujer. Abajo del sobaco tiene los pelos más grandes que he visto en mi vida. La verdad es que no es muy agradable a la vista pero es muy gracioso cuando habla y cuenta historias. Algunas perecen ser ciertas, otras no. Pero yo le sigo la corriente. Héctor me cuenta de todas las minas que se volteó en su juventud; que ahora se viste así para rendirle culto a la concha, como para estar más cerca. -Hace años que no la pongo ni en un tarro de mayonesa, pero de pibe me cogía a todas. Mirá que cuando te digo a todas es a todas. Yo lo miraba y me le cagaba de risa, pero no de él sino de las paparruchadas que me contaba. Además, se le caía la baba, literalmente amigos. Esa tarde estábamos sentados en un banco de la plaza charlando. -Mirá aquella minardi, como mueve el culo la guacha. Yo te digo que todavía se me para bien eh. Nunca tomé ni un viagrita. Lo que pasa es que se me para al pedo, me mato a pajones porque minas ni por putas. Hay una enfermera que tiene los pechos más grandes que los de la “Coca” Sarli, yo me hago el descompuesto y me viene a atender. Sabés como se me escapan los ratones de la jaula. Héctor se vive riendo. El sonido que hace es parecido al del motor de un Citroen de los viejos. Parece ser feliz en su mundo. Con sus historias, sus delirios, sus falsas descomposturas, con todo aquello que vive en el día. Después de una hora decido seguir caminando. Me despido del loco y me voy sin rumbo. Ya es de tardecita, casi de noche, las estrellas y la luna quieren asomar el bocho por encima del cielo. Creo que desde allá arriba me miran las personas que uno ha querido y que ahora ya no están. Me detengo un rato frente a un negocio donde venden calzones. Pienso que necesito algunos más pero ando medio corto de guita. Prefiero gastar el cobre en algunos libros que he querido leer desde hace un tiempo. Sigo, voy a la librería. Allá me encuentro con Andrés. Labura allí, en el Bondi de libros. Además de vender libros, él es un gran poeta y cuentista. Siempre que voy a ver libros me da una buena recomendación a seguir, nos quedamos hablando largo rato de literatura, de música, de algún bardo cercano. Siempre que llego a la librería me olvido del libro que tenía en la mente, lo mismo cada vez. Ya parezco un pelotudo. Oficialmente me recibí de pelotudo hace un tiempo cuando en el mismo día compré unos discos y unos libros que ya tenía. Al reverendo pedo pero igual los deje como colección. Si hubiera una religión de pelotudos yo sería el Sumo Pontífice. Después de parlar con Andrés un buen rato, me volví para mi casa. Otra vez me olvidé del libro y me fui con las manos vacías. Compré unos puchos en el kiosco y me senté en el cordón de la vereda a meditar un toque. Creyendo que los reventados no tienen opción, pensé que ya no tenía más ganas de conquistar a la mujer que amo. Fue una reflexión de un segundo hasta que sonó mi celular y escuché su voz. Tan dulce, tan linda, tan gorda. -Hoy como en tu casa y dormimos juntos, ¿querés? - Obvio Si que quiero, si te amo tanto, si te deseo, como no voy a querer, escapate conmigo, yo soy el mejor. Eso se lo podría haber dicho pero no. Soy un recontra cagón hijo de puta. Así llegué a mi departamento, acompañado por un fuerte ataque de asma que se me fue cuando me di una dosis de Salbutral. Mi querido remedio, que haría sin vos. Hoy tenía un asado con los amigos pero cancelé. Decidí jugarle un póker al amor y compartir una cena linda con mi ninfa, con mi musa más reclamada. Y ahora llegamos al final. Comimos rico y nos besamos mucho. Espero complacer los deseos más profundos que nos unen cada vez más. Mañana seguro que me lo cruzo a Héctor. Probablemente, una sonrisa me arranca. -

martes, 23 de febrero de 2010

Una carta para Lisa



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Así sentíamos que se podía seguir. Cada uno en su mundo, adoptamos una manera extraña de querernos, de a ratos simulábamos que nos entreteníamos; otros que nos lamentábamos por no ir a más.


Muchas veces, yo le debilitaba un toque el orgullo con mi manera de decir las cosas; a veces poética otras tantas cruel. La verdad es que hemos transitado por arduos caminos, yo sofoqué toda esperanza de amor, no dejando así que siquiera me extrañe cuando debía hacerlo. Ella, por su parte, nunca dejó que de su pecho nazca una palabra que endulce un tanto mi ego. Hacíamos cosas de insanos, locos nomás.


Nunca supe estar tan bajo en moral, creo que mi dignidad descansaba impaciente sobre la alfombra del living que soportaba los pasos de los que temen no levantarse jamás.


He mutilado millones de veces a mis ojos con tal de que no me viera llorar, no vale mostrarse como víctima, aunque, de hecho, lo era. Lo fui, lo soy y lo seré. Sueño con un futuro venturoso pero por el momento no se ve cerca. Como el pasado no se puede borrar, decidí que lo mejor sea vivir el presente. Aquel tiempo pretérito que lo llevo como un karma, como una mochila a cuesta que pesa cada vez más. Voy a vender cara mi derrota. Como los poetas en el viejo romanticismo europeo.


Una y otra vez (again and again) insisto en darle amor, en reposar en paz, siempre con los dos dedos en ve, porque, finalmente, y es un punto de vista, es así como se maquinan los motores de la naturaleza humana. Nos alimentamos del aire, focalizamos en el viento, nos hundimos en los mares, nos relamemos cuando existe el placer, y terminamos, finalmente amando. Aunque duela, aunque hiera.


Hay cosas dentro de mí que no están claras, he tratado de no pensar como facón envenenado, mi vientre revuelto se toma revancha cuando digiere mal las cosas sin sentido. Estuve preso de mi bronca un tiempo, regañando conmigo mismo. ¿es que ni siquiera me respeto un poco? No lo sé.


He extraviado el paladar del gusto, no distingo entre el bien y el mal, ya no. Los signos me han dicho que no debo escuchar a mi voz interior que se le da por reclamar un poco de contención.


La espada duele cuando es clavada en el medio del pecho y sangra aún más si se la revuelve con fuerza.


Así doy paso al fraude. Sigo los pasos de mis mejillas, no dejo que mis ojos se cierren, tratando de no pestañar me quedo en silencio, en vilo diría yo. Y sigo insistiendo. No doy el brazo a torcer.


¿ y si muero mañana? Todo se queda en remolinos sin una visión clara de lo que nos pasa. Entonces te pido amor. No mucho sino más bien un poco, lo que puedas, un cachito, mirá así con las manos, como antes hacíamos, te acordás cuando yo pensaba que vos eras la que me ambas y el que se ocultaba era yo, te acordás de eso. Como se da vuelta la tortilla ¿eh?


Porque me cuesta seguir extrañando lo que perdí. No quiero soltar tu cara. Por suerte siempre me has sido sincera. Aprecio tu honestidad. Debes estar envuelta dentro tuyo y sé que es difícil asimilar todo de golpe. Ya pasó un tiempo. Vamos en desnivel pero bien. Te dejaría un beso. Te lo dejo.

jueves, 28 de enero de 2010

Mi atril




En fin, le puse trabas al embrollo. Hoy anduve de recorrida por la Gran Ciudad. Le aposté mi voz a unas imágenes y me sentí bien. Ahora, frente a mi computadora, dejé de lado los arpegios de mi guitarra que siguen sonando un poco lejos. Quisiera concentrarme un poco más en la práctica pero suelen dolerme un poco los dedos, así me situé un rato a escribir esto que hoy se convierte en renglones. Fue sofocante estar dentro de un cubículo pequeño leyendo grandes líneas que me propuso el Bamba, peor fue el susto que me llevé cuando salimos y no estaba mi auto. Es la primera vez que me pasa, se lo había llevado la grúa. Del estudio caminamos más o menos unas diez cuadras por San Telmo (diez que parecieron treinta con el infierno que era la ciudad). Lo recogimos, pagamos 190 pesos y nos fuimos a comer algo. Para esto eran las seis y pico de la tarde, agarramos por Cerrito hasta Córdoba y de allí a un sitio de comidas rápidas. Entre charla y charla nos pusimos a escuchar lo que habíamos grabado unas horas antes. En la mini compu sonaba mi voz y la de él. Yo tengo un tono más agudo, lo que le da un toque de nostalgia al asunto, en cambio el Bamba tiene la voz más alegre, aunque por estos días no se le da por el regocijo. Cosas de amores que no están y todo eso que nos pasa a todos los humanos que movemos sentimientos. Terminamos de comer, a él lo dejé en su departamento de Charcas y yo me volví al pueblo. Tardé unos 50 minutos, la verdad es que me gusta pisar un poco el acelerador pero estaba ansioso por llegar a casa.

Llegué, me pegué un baño veloz y me senté, con mi guitarra, delante de él. Estaba sin armar todavía pero lucía precioso. Justamente lucía. Entonces lo armé. Lo miré y lo toqué despacio. Ni un soplo sonaba. Puse mis apuntes encima y le de rienda a los primeros acordes. Sol, Mi menor, Re. Parece fácil pero arpegiando los dedos se te vuelven hilos. Sonrojado seguí tocando un poco. En ese momento, me estremeció una sonrisa. La llamé para agradecerle, no tenía ni idea de lo feliz que me había hecho. Ayer me regaló un atril, que ahora dejé atrás un rato para contar lo que siento.